
Me gusta releer libros. Al menos los que a mi me parecen buenos libros. Hace relativamente poco he salido de un mundo en el que no entraba desde hace unos 15 años, el de “EL LIBRO DE LA SELVA”. La verdad es que es curioso que haya pasado tanto tiempo sin coger ese libro, normalmente tardo menos en repasar las historias que me han calado por una u otra razón. Y esta debe de ser la octava o novena vez que lo leo. Este libro es la causa de que me haya replanteando el retomar el trabajo de pipeta, un trabajo que me facilitaría el ir a la India unos meses con una colaboración científica. Es también el responsable de que disfrutara infinitamente visitando el Parque Nacional de Ranthambore hace unos años.
Imaginaos que una mañana os levantáis de la cama antes de que amanezca, montáis en un todoterreno y, cuando empiezas a ver algo más que sombras, te das cuenta de que estás en uno de tus libros favoritos. Oyes a Mor el pavo real, ves al chital, al sambhur y al nilghai corriendo entre los árboles y te entran unas ganas enormes de bajar del vehículo de un salto y perderte entre las rocas. Qué pena no haber visto a ninguno miembro del Consejo de la Peña. Seguro que estaban allí, vigilando de cerca, pero todo el mundo sabe que, si ellos no quieren que les veas no les verás aunque estén casi tocándote con sus hocicos.
El caso es que me está gustando más que todas las veces que lo he leído con antelación. “… le advirtió que anduviera calmosamente, cazara despacio, y nunca, por ningún motivo, se enojase”. Y no es el único buen consejo que puede sacarse del libro. La verdad es que no sé porqué en el instituto nos metían en filosofía truñacos como Locke o Kant y no se analiza este libro en profundidad. Al menos le dieron el Nobel a Kipling, hay un poco de cordura en el mundo.

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