jueves 1 de octubre de 2009

¿El fin del Camino?


















Hay ciudades que pueden verse de un modo diferente según como la visites. A Santiago le pasa esto pero de un modo radical. Todo depende de si vas en condición de turista o si vas como Peregrino. Cuando vas como turista pues está bien, pero ni punto de comparación a si lo ves desde el punto de vista del Peregrino. Del primer modo ves una ciudad bonita en la que pasear es un placer y comer un deleite. Pero como Peregrino, a eso se suma una tremenda emoción. Da igual si eres creyente o si eres un ateo redomado. Peregrinar, en el fondo, no tiene nada que ver con la religión ni con dios ni nada que se le parezca, eso son simples excusas. La verdad es que no se con qué tiene que ver, solo se que es muy especial.

Cada uno hace el Camino por una razón diferente y a cada uno le supone más o menos ampollas pero todos, cuando llegan a la Plaza del Obradoiro sienten una mezcla de alegría, emoción, ganas de chillar, de saltar... El cansancio de los días se marcha con la mochila a la espalda (especialmente si eres novato y la sobrecargas con cosas como guías de aves y prismáticos) se va de un plumazo, la mochila deja de pesar y las ampollas ya no molestan. Solo importa que has llegado hasta donde te habías propuesto. Supongo que por eso, a los "Años Santos" sel llaman años Jubileos, por la alegría que se genera con tanto Peregrino.

He conocido Santiago como turista antes y después de haberlo hecho como Peregrino y puedo decir además que, una vez has sido Peregrino, cada vez que te acercas a Santiago, ya no eres completamente turista. Te queda un poso de Peregrino que se despierta cuando ves una flecha amarilla o una vieira o cuando te aproximas a la Plaza y empiezas a ver gente con mochila a la espalda y el bastón en la mano. No puedes evitar sentir un picorcillo en tu interior que comienza hacia los pies y te trae a la mente a la gente con la que has compartido el Camino.

Supongo que es el compartir sed, hambre, sudor, cansancio, risas, el andar juntos bajo la lluvia... lo que provoca la unión, pero la gente con la que caminas acaba atada de un modo especial. Seguro que, hace 10 años, la Rubiales no se imaginaba ni de lejos que hasta invitaría a su boda a un Meteoro que, cuando le conoció, salía de un albergue corriendo, buscando por la ladera laurel para dar algo de gusto a la pasta que sería la cena de ese día. Y ya ves, resulta que el Meteoro está sentado enfrente de la fachada de la Catedral escribiendo esto mientras el resto de los invitados se recupera de la resaca celebrativa.

Me gustaría volver a llegar a Santiago cargado con la mochila. Como decía Cecilia, "...quiero ser Peregrino por los caminos de España."

jueves 23 de julio de 2009

Hace mucho tiempo...






¡¡¡BUFF!!! La semana pasada quedé a tomar algo con gente que aparece en estas fotos. A algunos hacía 19 años que no les veía. Mucha atención a las pintas que se gastaban por aquel entonces. ¡Que documentos gráficos! Me resultó curioso que todos pensaban que me estaría dedicando a la zoología y que se sorprendieron de que estuviera en Madrid. Y también se acordaban de mis dibujos en clase... hay gente que tiene las neuronas muy desocupadas.

miércoles 24 de junio de 2009

EL FUEGO DEL SOLSTICIO














La noche del fuego. Todo lo malo arde en las hogueras. Dice la leyenda que la onomástica de San Juan trae consigo una noche mágica en la que las llamas se llevan lo negativo con la esperanza de uqe no vuelva más y su lugar sea ocupado por lo positivo. El humo se va cargado con la desdicha, la culpa, los errores, el dolor... y se los lleva lejos, donde no pueden volver. En este solsticio ¿donde estarán las llamas de Ancalagon? apagadas. Tampoco se puede llegar a Sammar Naur ¿Bastará entonces con un tiesto ardiente? Tal vez, quizás, esas pequeñas llamas puedan conjurar todo lo malo y que no retorne. ¿Será ese fuego azul suficiente? solo el tiempo lo dirá.


domingo 19 de abril de 2009

LA BIOLOGÍA











A eso me dedico, es la carrera que estudié y en área en el que voy encontrando mi nicho. Como la propia etimología de la palabra lo dice la Biología es la ciencia que estudia la vida a todos los niveles. ¿Pero que es la vida? Pues aquí van algunos apuntes subjetivos:

Es coger aire hasta llenar los pulmones y soltarlo mientras se corre colina abajo.

Es correr tan al límite que al final las piernas no te sostienen y el aire sabe a sangre y te quema cuando entra en los pulmones.

Es ver reír a los cachorros de la manada.

Es la alegría de cobrar una pieza difícil.

Es jugar solo por disfrutar del juego, sin que importe quien gana o pierde, regocijarse solo en la marcha del juego.

Es el olor de la leche con canela calentándose para hacer torrijas.

Es jugar al escondite en la plaza del pueblo.

Es comerse una tortilla hecha con los espárragos que has cogido esa misma tarde.

Es descubrir unos hoyuelos riñoneros que deseas besar desesperadamente y no puedes.

Es ver como sale la luna, enorme, detrás de una encina.

Es ver como se pone la luna en el mar.

Es saber que tienes amigos que se preocupan si algo te va mal.

Es ayudar a los amigos cuando te lo pidan y cuando no.

Es saber que no puedes ganar una lucha y lanzarte al ataque.

Es poner toda tu ilusión en hacer un regalo con tus manos.

Es que ese regalo acabe en la basura.

Es la iniciación en el mundo de los balnearios en esa playa del norte que dicen es una concha.

Es pasar la noche por ahí.

Es comer cordero en Palencia.

Es reírse tanto que acabas con más agujetas que si hicieras 2000 abdominales.

Es sentirse tan mal que comes por costumbre y te duermes de agotamiento.

Es llegar de viaje y darse un baño nocturno en el mar.

Es correr debajo de la lluvia por el placer de mojarse.

Es sumergirte y, al mirar hacia arriba, a la superficie, ver la luz convertida en puro color azul.

Es caminar por el campo a la luz de la luna y las estrellas escuchando a los bichos nocturnos.

Es leer un libro de los que te atrapan, de esos que hacen que estés ansioso por volver a casa para saber que pasará en la siguiente página.

Es una tarde en la piscina.

Es recoger conchas en la playa.

Es un baño en un río de aguas límpias, ¡Ay, que pena el Alberche!

Es el subidón adrenalínico de correr en un encierro.

Es soñar despierto porque no te acuerdas de los sueños que tienes dormido.

Es desayunar chocolate con churros tras pasar toda la noche por ahí.

Es sentir el júbilo de la pelea.

Es estar unos días de vacaciones autistas en la sierra.

Es desayunar al sol en una terraza de La Palma.

Es viajar con los amigos.

Es tener a todos tus compañeros de clase delante, regatear como una liebre, escurrirse como un pez, acelerar, frenar de golpe, saltar, agacharse y llegar al otro lado del campo sin que te cojan ¡ganar un entreparedes!

Es tirarte al agua sin pensar y un cabo con boyas amarrado a la playa te salve del canto de las sirenas.

Es comer un buen cocido en pleno invierno.

Es encontrar un tesoro detrás del lavabo.

Es perder lo más se quiere conservar.

Es sentirse feliz por todo y por nada, simplemente se es feliz.

Es no estar seguro de si volverás a sentirte simplemente feliz.

Es querer pintar algo pero no ser capaz de que tus manos plasmen la imagen que hay en tu mente.

Es querer ser una piedra.

Es ser solo cera al sol.

Es querer cambiar para poder llegar al punto cero.

Es ponerse ciego de moras una tarde de verano.

Es ver las Perseidas todos los veranos (o intentarlo al menos).

Es tener que correr y saltar para liberar toda la energía que se siente.

Es ser la pesadilla de tu sueño.

Es tratar de aprender de todos los errores que se cometen.

Es correr tras tus perros en “El Torreón” arriba y abajo mientras ellos siguen a una liebre.

Es abrir y cerrar la puerta repetidas veces para oír la cascabilla colgada de su quicio.

Es comer gominotas sentado al fresco.

Es, en resumen, una red de reacciones bioquímicas acaecidas en el interior de la membrana que delimita las células y su entorno más cercano.

lunes 16 de marzo de 2009

Sindrome Indiana












Ya estamos en marzo. Pues muy bien pensaréis, ¿Qué más dará que ya sea marzo? Pues no es lo mismo que si es febrero. Y la principal diferencia es que es en marzo cuando empiezan a despuntar los espárragos en el campo. Y no me refiero a los espárragos blancos de la lata; para mi los verdaderos espárragos son los verdes, los que se cazan. Esos que hay que ir a por ellos a ciertos escondidos luchando por conseguirlos con hordas de jubilados que aprovechan su exceso de tiempo libre en ir a esquilmar los campos de toda clase de suculencias que crezcan.

Vale, ahora en todas las fruterías tienen durante casi todo el año espárragos verdes (trigueros que los llaman) pero no es lo mismo, el sabor no puede compararse ni de lejos. Que los que recoge uno mismo en el campo son infinitamente más delgados y con mucha más fibra también es cierto, pero ¡que sabor más intenso! Ahora, que no se si el que sepan mucho mejor que cualquiera que compres no se si se debe a una diferencia real o si es simplemente que el esfuerzo que hay que hacer por reunir un manojillo hace que mejoren de un modo subjetivo. En mi opinión es por que los que coge uno mismo van aderezados con su sudor y, en algunas ocasiones, con pequeñas gotas de sangre. Solo eso ya hace que los espárragos cazados sean más ricos en sales y hierro que los de las tiendas.

El tema de ir a buscar espárragos es una afición que tengo desde hace mucho. Tan absurda como muchas otras que he ido desarrollando pero que hace pasar un buenos ratos. Claro que hay quien podría considerarlo obsesión (según la RAE: Perturbación anímica producida por una idea fija) solo por el pequeño detalle de que cuando salgo un día en su busca, al acostarme por la noche, en esos momentos que pasan entre que cierras los ojos y llega Morfeo, aparecen las esparragueras entre encinas, retamas y olivos con sus suculentos retoños naciendo al lado. Surgen todas juntas, ¡lástima no poder recogerlos en ese momento! Y que cada vez, al pasar por algún sitio donde puediera haber esparragueras estoy atento a ver si tienen espárrago asociado.

Y este “modo de búsqueda” se mantiene activo aunque sea fuera totalmente de temporada. Puede uno ir corriendo por Valdelatas y, aunque falte el aliento, desviar la vista hacia las bases de las encinas buscando una esparraguera al tiempo que se piensa en que es el momento de cambiar de ritmo. Da igual que sea ahora en primavera que sea en otoño, escapa a la conciencia de saber que es imposible encontrar lo que se busca. Creo que es algún instinto recolector que no he terminado de dominar.

El ansia de búsqueda no es prebenda exclusiva de los espárragos, hay otros detonantes de una dedicación similar. Cuando voy por algún barbecho inconscientemente trato de distinguir si los cambios en el terreno son simplemente terruños y piedras o si es una liebre agazapada en su cama. Por los eriales ando discriminando si aquello que verdea con un tono algo más oscuro puede ser un cardillo o no (pronto comenzará también su temporada de recogida pero de momento no hay ninguno aún). O cuando veo un contenedor de obra, que desde hace un año no puedo evitar analizar si tiene material interesante para los Espejismos. Seguro que el día que me lancé a un contenedor loco de contento por haber visto un vidrio azogado los perianos que me rodeaban pensaron “¿será peligroso o contagioso?”. Es una actividad que me satisface. No puedo evitarlo, puedo estar pensando en otra cosa, hablando con alguien, da igual, se activa el chip de buscar, buscar, buscar y no puedo pararlo, solo puedo no coger lo que vea. Al fin y al cabo no siempre la alegría está en el final del camino sino en el propio recorrido.

miércoles 25 de febrero de 2009

CUENTO DE UN DUENDE










Allí estaba, sentado debajo de Yggdrasil. ¡Pobre loco!, o tonto, o quizás era un tonto que enloqueció. Y no pretendo insultarle, simplemente reflejo la realidad. ¿No me creéis? pues a los hechos me remito.

Durante muchos, muchos años ese duende vivió en una desenfadada felicidad. Era la felicidad del que nada consigue pero que nada espera. La felicidad que da la ignorancia, la mayoría de las cosas que pensaba nunca se transformaran en realidad y que cuando lo hacían los resultados nunca eran demasiado buenos, de lo que él tramaba y se imaginaba hacer a lo que de verdad conseguía había un abismo. Al menos, sabiéndose tan limitado, se contentaba con que el resultado generara una sonrisa y fuera aceptado de buen grado.

Y estaba también su manía de ir de acá para allá sin sentido ni orden. Debió de haberse quedado en el Norte, pero nunca había llegado al reino del Sur del que tantas maravillas hablaban todos los viajeros y comerciantes que alguna vez lo habían visto y la curiosidad le venció. Tuvo una oportunidad y la aprovechó.

¿Por qué tendría que haber despertado aquel día? Aquella primera mañana, nada más abrir los ojos, algo se disparó en su limitado cerebro. El germen estaba ya sembrado y su estulticia no le permitió darse cuenta en ese momento ni mucho después. No se sabe cual fue el detonante pero allí debió de ser cuando su alma (si es que los duendes tienen de eso) quedó atada por hilos de tela de araña.

Volvió al Norte pero, lejos de volver las cosas a la normalidad todo fue creciendo y complicándose. Aunque él seguía sin ver el peligro de sus acciones y todo hecho azaroso le parecía positivo. Los hilos se enredaban aún más y más y a sus ojos aquello solo era una situación mágica. Cuanta necedad.

Intentó averiguar como llegar tan lejos sin darse cuenta de que nunca había contado ni contaría con el ingenio ni las habilidades necesarias para lograr su meta. Durante algún tiempo había estado preparando un presente que creía que haría tanta ilusión recibir como le había hecho a él hacerlo (todos sabemos lo que les gusta a los duendes preparar sorpresas, aunque algunas veces sea en forma de susto). Como no veía como hacer una entrega directa convenció a un viejo ganso para que llevara el paquete donde él no podía ir. El ganso llegó más alto de lo que había llegado nunca e hizo la entrega. Ese fue el último error de nuestro estúpido amigo, el regalo fue recibido como una ofensa y desató la cólera.

Las consecuencias finales fueron las esperadas aunque el necio duende no se las hubiera planteado siquiera. Por eso está allí sentado, sin poder volver a mirar a la Luna que le hechizó, por no haber sido capaz de ver nada más allá de su vana ilusión. Ese es el precio de su estupidez y se merece todo lo que le pase.

domingo 1 de febrero de 2009

DANDOLO TODO














Se habla a menudo de la importancia de entregarse en las cosas que se hacen. Patrañas. De vez en cuando sucede que, en medio de un partidillo de voley (por ejemplo) va entrando uno en el juego poco a poco, sin darse cuenta. Y, de un modo que no estaba para nada premeditado, de manera inconsciente, se acaba intentando levantar algunas bolas que, en una ocasión normal, sencillamente se dan por perdidas sin darles mayor importancia. El resultado final de esto es: un puñetazo en la barbilla por una aproximación excesiva al balón cuando una compañera ya iba a darle, una casi estampación contra el poste de la red (el pelo llega a tocar el poste pero el cráneo milagrosamente no), una rodilla ligeramente quemada al rozar insistentemente el parquet y la otra rodilla en un estado en el que no se puede hacer un esfuerzo mayor que el andar con una ligera cojera. Al menos con esto no se producen hemorragias internas. ¿Y el beneficio? pues creo que ninguno aparte del buen rato pasado, por que no llevábamos la cuenta de los puntos… Al menos en el voley no se producen víctimas colaterales. Que paradójico que el entregarse en algo positivamente acabe doliendo.