Hay ciudades que pueden verse de un modo diferente según como la visites. A Santiago le pasa esto pero de un modo radical. Todo depende de si vas en condición de turista o si vas como Peregrino. Cuando vas como turista pues está bien, pero ni punto de comparación a si lo ves desde el punto de vista del Peregrino. Del primer modo ves una ciudad bonita en la que pasear es un placer y comer un deleite. Pero como Peregrino, a eso se suma una tremenda emoción. Da igual si eres creyente o si eres un ateo redomado. Peregrinar, en el fondo, no tiene nada que ver con la religión ni con dios ni nada que se le parezca, eso son simples excusas. La verdad es que no se con qué tiene que ver, solo se que es muy especial.
Cada uno hace el Camino por una razón diferente y a cada uno le supone más o menos ampollas pero todos, cuando llegan a la Plaza del Obradoiro sienten una mezcla de alegría, emoción, ganas de chillar, de saltar... El cansancio de los días se marcha con la mochila a la espalda (especialmente si eres novato y la sobrecargas con cosas como guías de aves y prismáticos) se va de un plumazo, la mochila deja de pesar y las ampollas ya no molestan. Solo importa que has llegado hasta donde te habías propuesto. Supongo que por eso, a los "Años Santos" sel llaman años Jubileos, por la alegría que se genera con tanto Peregrino.
He conocido Santiago como turista antes y después de haberlo hecho como Peregrino y puedo decir además que, una vez has sido Peregrino, cada vez que te acercas a Santiago, ya no eres completamente turista. Te queda un poso de Peregrino que se despierta cuando ves una flecha amarilla o una vieira o cuando te aproximas a la Plaza y empiezas a ver gente con mochila a la espalda y el bastón en la mano. No puedes evitar sentir un picorcillo en tu interior que comienza hacia los pies y te trae a la mente a la gente con la que has compartido el Camino.
Supongo que es el compartir sed, hambre, sudor, cansancio, risas, el andar juntos bajo la lluvia... lo que provoca la unión, pero la gente con la que caminas acaba atada de un modo especial. Seguro que, hace 10 años, la Rubiales no se imaginaba ni de lejos que hasta invitaría a su boda a un Meteoro que, cuando le conoció, salía de un albergue corriendo, buscando por la ladera laurel para dar algo de gusto a la pasta que sería la cena de ese día. Y ya ves, resulta que el Meteoro está sentado enfrente de la fachada de la Catedral escribiendo esto mientras el resto de los invitados se recupera de la resaca celebrativa.
Me gustaría volver a llegar a Santiago cargado con la mochila. Como decía Cecilia, "...quiero ser Peregrino por los caminos de España."








